Análisis de Redes Sociales aplicadas a ámbitos culturales

Leonardo da Vinci se ha convertido en clickbait

El 2 de mayo se cumplían 500 años de la muerte de Leonardo da Vinci. Hasta el año 2003, Leonardo había sido considerado como un personaje polifacético, tan valorado por sus pinturas como por sus inventos. Por supuesto, había algunas pinturas que causaban una enorme fascinación entre el gran público, como la Gioconda. El icónico retrato de Lisa Gherardini había comenzado su increíble escalada de fama cuando fue robado del Louvre entre 1911 y 1913, de tal manera que se dice que hubo más visitantes al hueco en la pared que dejó el cuadro que a la propia obra los años anteriores. Después de eso, la enorme cantidad de reproducciones de la pieza y las parodias ayudaron a multiplicar la fama del cuadro. Hasta Marcel Duchamp se atrevió a reírse de la Mona Lisa. El videoclip de Beyoncé es el último en esta lista de célebres interpretaciones de la Gioconda.

Marcel Duchamp. L.H.O.O.Q. © Georges Meguerditchian – Centre Pompidou, MNAM-CCI /Dist. RMN-GP
© succession Marcel Duchamp/ Adagp, Paris

Retomemos el año 2003. ¿Qué pasó entonces? Que Dan Brown publicó “El Código da Vinci” y con ese libro se aceleró el desmadre. Leonardo dejó de ser un artista, un pintor genial y un importante teórico de la pintura que introdujo recursos tan imprescindibles en las generaciones posteriores como la perspectiva aérea o el sfumatto. El señor Da Vinci se convirtió en un hombre heredero de saberes ocultos y prohibidos, que iba escondiendo en sus cuadros para ofrecer pistas a los iniciados. Leonardo derivó en una atracción más allá de la pintura: el gran público esperaba interpretar todos los secretos ocultos en sus pinturas, prefería una lectura esotérica a otra académica y no disfrutaba de sus maravillas técnicas en pos de todos los significados detrás de las escenas.

Ahora, de la mano de “expertos mundiales”, como Cristian Gálvez se está retorciendo de nuevo la figura del maestro más allá de su producción, construyendo un nuevo personaje. En los últimos días, con el estreno de un sospechoso documental dedicado a la vida de Leonardo, saltan los comentarios extravagantes, ya que Gálvez ha explicado que el pintor manejaba una «simbología hereje». Pero los mejores ejemplos son los que afirman que Da Vinci era disléxico o que tenía un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), algo muy difícil determinar con las escasas pruebas médicas de las que disponemos. Ni tampoco, como repite Gálvez, se puede decir que el genio florentino contaba con bastantes fracasos a lo largo de su carrera: simplemente era un artista que gustaba de experimentar demasiado con diferentes versiones antes de encontrar una definitiva y sus encargos se alargaban por meses e incluso años; así que sus clientes perdían la paciencia, dejaban de tener dinero para sus proyectos o simplemente se caían de su posición privilegiada de poder político, social y económico. Y a Leonardo no le quedaba otra que buscar otro mecenas para poder sacar adelante toda su creatividad y comenzar con él un nuevo proyecto.

Lo que sucede es que las definiciones de “fracasado”, “TDAH” o “disléxico” acompañadas de comentarios como “a pesar de ello ocupa un lugar en la Historia” llegan más a los medios y el consumidor, aunque sea una falsificación del personaje. “Dale al clic y conoce cómo Leonardo, a pesar de tener muchos fracasos y ser disléxico, reinventó la Historia del Arte”, suena bien, ¿no? Es el anzuelo típico del clickbait, el de hacer que la gente pique en la pantalla con titulares sensacionalistas y así consuman la noticia: que si se encuentra un pelo del artista del que poder sacar ADN del genio toscano (¿para qué, lo van a clonar para continuar el negocio?), que si las obras están inacabadas porque una caída había agarrotado los nervios del brazo del maestro…

La Tavola Lucana, un retrato de Leonardo que no puede ser un autorretrato

Quedan por mencionar qué ocurre con la obra pictórica de Leonardo. Los catálogos más sólidos no llegan a las 25 pinturas atribuidas. Los museos y colecciones guardan celosos sus leonardos, ya que son una auténtica atracción para los visitantes que buscan ver una pieza de Da Vinci. Por eso es tan importante para muchos que aparezcan nuevas obras, como sucede con la Tavola Lucana, un cuadro tan alejado de Leonardo que hasta un estudiante de Bachillerato que prepara su examen de Historia del Arte de Selectividad lo rechazaría como obra del pintor florentino. Y si no, basta con “leonardizar” las obras realizadas por la mano de sus discípulos, como el Salvator Mundi. El caso del Salvator Mundi es paradigmático del marketing en torno a Leonardo. En una acción sin parangón, la sala de subastas Christie’s creó el perfil de Instagram The Last Da Vinci con los espectadores que miraban esta obra. Se formó toda una campaña de publicidad de la que habla Santos M. Mateos en este artículo. Para colmo, el cuadro, convertido ahora en la obra de arte más cara de la historia gracias al espectacular precio alcanzado en la subasta, está en paradero desconocido. Muchos apuntan a que detrás de este misterio habría otra calculada acción de marketing que vuelva a captar toda la atención mediática.

Salvator Mundi, un nuevo leonardo. O no.

En resumen, qué importante es avisar a la prensa, crear expectación, quien sabe si montar una exposición para enseñar un nuevo leonardo (con entradas a precios caros, claro). A Leonardo lo han reducido a un clickbait, un recurso de los tiempos de internet que hacen que las visitas aumenten. Lo saben estos compradores y lo sabe la prensa. Nada vende más que un buen chisme en torno a Leonardo da Vinci, no importa que tras el titular se esconda auténtica basura informativa. Y que los historiadores discutan sobre si las nuevas informaciones sobre el artista florentino son totalmente infundadas, qué más da. Lo importante es que haya movimiento mediático en torno a Leonardo da Vinci.

 


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