¿Cómo percibimos el arte? Desde los tiempos de la Escuela Gestalt se ha trabajado en entender cómo es la percepción de nuestro campo visual, de cómo el cerebro completa nuestra visión para crear imágenes coherentes a partir de formas que sólo se componen de puntos o rayas. Todos estos “engaños”, más otros recursos históricos para la creación de imaginarios, están recogidos en el clásico de Ernst H. Gombrich Arte e ilusión.

En las últimas décadas los estudios de neurociencia están yendo más allá, ofreciendo respuestas de cómo funciona nuestro cerebro. No sólo en lo relativo a la visión: emociones, lenguaje, memoria, relaciones…todo pasa por las diferentes partes que conforman nuestra masa cerebral, manifestándose en redes neuronales únicas para cada ocasión.

Los resultados de los trabajos de neurociencia, por tanto, son perfectamente aplicables a muchos campos profesionales. De hecho, ya se están aprovechando de la complejidad del funcionamiento de nuestro cerebro disciplinas como la publicidad, el marketing, las plataformas audiovisuales o las tiendas. Sin embargo, todavía no ha llegado al mundo de los museos.

Para solucionar este vacío, la Xarxa de Museus Locals de la Diputació de Barcelona organizó el pasado 18 de febrero el I Cicle de Confluències Neurociència i Museus. Para ello se contó con la presencia de David Bueno, director de la Càtedra de Neuroeducació de la Universitat de Barcelona; con Xavier Roigé, doctor en Antropología Social de la Universitat de Barcelona; y la periodista cultural de “NúvolClàudia Rius que, a pesar de acudir como moderadora entre los dos profesores, aportó grandes ideas a la jornada.

El investigador en neuroeducación David Bueno expuso las características del cerebro a unos asistentes de formación humanística. Recordó que los humanos somos la única especie creativa, que tenemos capacidad de aprender y crear, todo gracias a la plasticidad de nuestro cerebro. Que el cerebro nos dota de un instinto de aprendizaje innato, ya observable en los bebés: en sus primeros meses de vida los pequeños utilizan el método científico de manera instintiva, tocando, lamiendo, mirando, escuchando. Y esta activación de los sentidos es necesaria para el funcionamiento del cerebro.

David Bueno también explicó que el cerebro activo es el que conecta más neuronas y que las relaciones con el entorno aumentan estas conexiones. Los museos son un instrumento perfecto para dotar al ser humano de más experiencias, más conocimientos: lo que se traduce en más conectividad entre neuronas.

Aunque David Bueno no nos ilustró sobre ningún estudio sobre neurociencia, arte y museos, sí que contó algunos aspectos de cómo trabaja el cerebro y de cómo se debe aplicar esto al museo: un objeto con poca información no genera atracción; lo mismo sucede cuando vemos otro que está acompañado de textos muy largos.

También explicó que el cerebro está preparado para atender a los chafardeos. Por eso triunfan los montajes museográficos en los que hay vivencias, en las que podemos seguir una narrativa a través de una persona relacionada con los objetos de la exposición.

En la conversación entre el neurocientífico y el antropólogo Xavier Roigé se estableció la relación entre la neurociencia y el museo, con todas las posibilidades y contradicciones de este último.

Por ejemplo, ¿dónde queda el recurso a la sensorialidad en el museo, cuando no puedes tocar? Si el cerebro se fija en los entornos más llamativos, ¿por qué sólo se hacen atractivos los museos para niños y no todos? ¿Están estimulando de verdad los museos? Con esto se refirieron al uso de las tecnologías en la exposición, utilizadas por muchas instituciones para sorprender, pero que ya son muy habituales en la vida cotidiana, incluso la doméstica. Sólo hay sorpresa cuando se recurra a unas tecnologías extraordinarias, únicas.

Ambos ponentes examinaron el objeto del museo desde sus respectivas ciencias. Por un lado, para la antropología los objetos son un elemento de memoria, de experiencia cultural, que se presenta antes el visitante con la mediación del museo. Por otro lado, para la neurociencia el objeto del museo es interpretado por el cerebro humano según nuestro aprendizaje, nuestra relación con la sociedad y el entorno.

En otro apartado se habló de museo y salud, un aspecto que ya ha tocado la Xarxa de Museus de la Diputació de Barcelona. De cómo la cultura, a través del arte y la música, ayuda a recuperar conexiones cerebrales en pacientes de Alzheimer, por ejemplo. Eso sí, recordaron que, detrás de estas iniciativas debe de haber un plan médico real, que no se trata de un recurso mágico de curación de los pacientes. En este sentido, también se refirieron a que estos son programas accesorios para el museo, los que le dan su carácter social, de servicio a la comunidad.

Por último, Clàudia Rius recordó que, en todo el mundo, sólo contamos con una neurocientífica residente en el Massachusetts’s Peabody Essex Museum, la doctora Tedi Asher. Esta científica está colaborando con los departamentos del museo para crear experiencias que logren impactar al público.

Por tanto, queda todavía muchísimo camino por hacer entre la neurociencia y los museos.

Mientras tanto, tendremos que acudir a las instituciones culturales y disfrutarlas, para así alimentar las redes neuronales de nuestro cerebro activo.


Puedes seguir cómo fue la jornada de #confluenciesXML20 en este HILO


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2 Comments

  1. Turo el 21/02/2020 a las 14:15

    Hola! Gracias por el artículo; soy doctorante en la UOC y precisamente mi tesis se centra en la neuroeducació, las TIC y los museos de arte, desde la perspectiva educativa. Me alegra saber que no estoy sólo!!!

    • La cultura social el 21/02/2020 a las 15:10

      Hola Arturo. Muchas gracias por tu comentario.
      Me encantará saber más sobre tu investigación. ¡Mucho ánimo con tu tesis!

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