Análisis de Redes Sociales aplicadas a ámbitos culturales

Arte en movimiento en La Pedrera

La Casa Milá es un icónico edificio modernista de Barcelona cuyo interior se articula en torno a un patio central que Antoni Gaudí diseñó con líneas curvas. Durante unos meses, en el centro de este patio se sitúa un juego de círculos concéntricos en blanco y negro que ejercen una fascinación hipnótica a los visitantes con su inquietante voluntad tridimensional. Además, da la impresión de que la obra cambia según el lugar de La Pedrera en el que nos situemos, ofreciendo una sensación de movimiento en espiral. Esta es la primera de las obras de la exposición “Obras Abiertas. El arte en movimiento, 1955-1975”. La obra que inaugura la muestra es de Marina Apollonio y se titula Spazio ad attivazione cinética, desvelando en su título su intención de movilidad.

Spazio ad attivazione cinética de Marina Apollonio
Imagen © Fundació Catalunya La Pedrera

¿Qué es el arte en movimiento? Hasta la fecha, casi todos los estudiosos convenían en que bajo esta etiqueta se encuadran las obras de arte cinético, que son las piezas con capacidad de moverse en su espacio, con Alexander Calder como máximo exponente; y las obras de arte de Op art, que producen efectos ópticos que dan ilusión de movilidad. Lo curioso es que todos los teóricos se habían centrado en la obra de arte, pero poco en el público, que es quien percibe la sensación de movimiento del objeto artístico. En la nueva exposición de la Fundació Catalunya La Pedrera“Obras Abiertas. El arte en movimiento, 1955-1975” se hace un repaso por 37 piezas que explican esta teoría totalmente novedosa en la que el espectador es clave en la interpretación de las obras. Los comisarios de la exposición, Jordi Ballart y Marianna Gelussi, fueron los guías por las salas de este edificio modernista de Gaudí en la habitual convocatoria de bloggers de La Pedrera.

Un móvil de Alexander Calder frente a la columna de Gaudí

Antes, hagamos un poco de historia. Las vanguardias de la primera mitad del siglo XX habían introducido novedades en el lenguaje y la estética, pero, en general, habían mantenido las técnicas pictóricas y escultóricas de siempre. Tras la Segunda Guerra Mundial el arte se internacionaliza todavía más y se entra en un periodo en el que ya no existe una autorreferencia tan clara a la Historia del Arte. Los artistas de este momento tomaron los materiales comunes e industriales, se acercaron de manera directa a la ciencia para establecer un diálogo con el arte e investigaron con las nuevas tecnologías, que en ocasiones introducían en sus obras. Además, el uso de materiales tan comunes como los fabriles, unidos a un lenguaje de la repetición formal querían convertir al arte en algo objetivo, alejado de la creación única del artista. Son obras que incluso permiten la reproducción según los dictados de su creador, tal y como sucede en la primera pieza que hemos visto de la exposición: Spazio ad attivazione cinética de Marina Apollonio, que se montó en el centro del patio de Casa Milá siguiendo las instrucciones establecidas.

Las primeras obras de la exposición juegan también con esta contraposición de los colores, al principio blanco y negro, más tarde otros colores. La relación cromática provoca que las líneas bailen en nuestro cerebro, que no entiende que se trata de una obra bidimensional y estática. Victor Vasarely, Jesús Rafael Soto o Julio Le Parc son los representantes de esta pintura que ofrece ilusiones ópticas. Estos artistas de los años 50 e inicios de los 60 todavía se dedican sólo a la pintura. Ya entrados los 60 los artistas introducen los elementos seriados en estas composiciones regulares, propias del minimalismo y, esta vez sí, elementos cinéticos: Jesús Rafael Soto con sus Vibration pure (1969) y Vibration bleue et noire (1966) presenta unos óleos con líneas sobre los que coloca unas varillas que se mueven y provocan novedosas relaciones en cada visionado. O Gianni Colombo que en su Strutturazione pulsante (1959) añade un motor a su cuadro, proporcionando la sensación de que la obra respira, siente, se muestra delante del espectador como algo realmente vivo.

Hay que felicitar a los comisarios de la exposición que hayan traído una máquina escultórica de Jean Tinguely, Vive la liberté I (1960), y que la hagan funcionar. Sus obras son extremadamente delicadas, ya que este autor quería mostrar la destrucción de las máquinas de manera directa, con piezas hechas de chatarra y animadas por motores. Cuando está activa, esta obra choca sus piezas contra sí misma, generando ruidos y bastante desasosiego.

Jean Tinguely. Vive la liberté I, 1960

El movimiento surgido de un motor también está en las obras de Pol Bury. En Punctuation (1962) es otra de las obras más interesantes, donde un movimiento interno provoca que los metales del lienzo adquieran relaciones entre sí casi imperceptibles. Su presentación formal recuerda a las delicadas composiones de Daniel Canogar de este siglo XXI.

Pol Bury. Punctuation (1962)

Pero el movimiento de las obras no depende sólo de su corazón de motor: puede surgir del aire que emana un ventilador, tal y como se ve en Blue Sail de Hans Haacke (1965); o el magnetismo, en Superficie magnética de Davide Boriani (1959-1960).

Como vemos, las piezas de la exposición de La Pedrera son realmente obras abiertas: adquieren una nueva relación con el espacio, el tiempo, la reflexión, la luz, el movimiento. Todas necesitan al espectador para “ser”, para funcionar. En Bariestesia de Gianni Colombo se nos presentan tres tramos de escaleras en las que los escalones están situados de forma inusual; cuando el visitante sube a estas escaleras las sensaciones son contradictorias entre nuestra memoria de atravesar unas escaleras y las diferentes angulaciones y medidas que se disponen en la obra de arte. En Cloison lames réfléchissantes (1966) Julio Le Parc combina la forma de círculos concéntricos de colores con fragmentos de espejos en su parte delantera: cada mirada a esta obra es diferente, añadiendo colores, formas y se multiplica cuando el público rodea la obra, ya que formará parte del reflejo. O en Chromosaturation (1965) de Carlos Cruz-Díez, en la que la luz de unos focos de colores puros transforma el cromatismo de las paredes y cambian la percepción del visitante, dependiendo de lo cerca o lejos que esté de las luces.

Julio Le Parc. Cloison lames réfléchissantes (1966)

Es interesante cómo desde el comienzo de la exposición de “Obras Abiertas. El arte en movimiento, 1955-1977” se nos especifica cómo estos engaños a los sentidos y al cerebro tienen una base científica. Muchas de las obras se acompañan de una cartela del Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) que explican qué fenómenos científicos hacen que las obras funcionen. Y cómo consiguen que se manifieste su movimiento en la percepción del espectador.

En definitiva, si la visita a cualquier exposición necesita de un cerebro activo para entender intelectualmente las obras, esta además activa de verdad a la mente para ofrecer unas sensaciones de movimiento aunque se trate de las obras bidimensionales más estáticas.

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